Sujeto, objeto y mediación
Desde la perspectiva constructivista ligada a la tradición de
Baldwin, Piaget y la psicología comparada clásica el propio
concepto de mediación es tan genérico que su principal problema es que tal vez explica demasiado.
Todo objeto es un mediador porque sin él ni siquiera existe el sujeto. Es cierto que la dualidad
sujeto/objeto no es primaria, pero no porque derive de otras, sino porque ha de constituirse ella
misma ontogenéticamente. Si una teoría psicológica es posible, lo es en la medida en que dé cuenta
de esa construcción progresiva del sujeto correlativa a la del objeto. Cuando adoptamos el punto de
vista del adulto, el recién nacido viene a un mundo repleto de objetos que tendrá que ir
“descubriendo”.
Uno de los logros fundamentales del niño será precisamente aprender a distinguir
entre los objetos y los demás sujetos. A través de la interacción con estos últimos irá constituyendo
su propio sentido de la subjetividad, es decir, su yo. Pero al principio, y desde el punto de vista del
recién nacido, ni sujeto ni objeto existen como tales, de modo que, en última instancia, no hay nada
entre lo puedan tener lugar mediación alguna. O dicho al revés: todo es mediación, porque el
ambiente en que se desarrolla el sujeto está pautado colectivamente y los productos de sus acciones
se convierten en condiciones para posteriores acciones, que es en lo que consiste básicamente la
mediación.

Naturaleza, cultura y mediación
Si la mediación se especifica como mediación social o cultural y se supone que sin ella no es posible
la formación de las funciones psicológicas humanas, entonces se está suponiendo o bien que fuera
de la especie humana no existe lo social o bien que, en el fondo, no existe teoría psicológica posible
porque el sujeto es un producto social (o ambas cosas).
No hay procesos psicológicos “naturales” característicos de los animales y que puedan ser
yuxtapuestos a los “culturales” o humanos. Por decirlo rápidamente, tan falto de “humanidad” se
encuentra un ser humano fuera de la sociedad como falto de “chimpanceidad” un chimpancé fuera de
su grupo o de “leonidad” un león fuera de su manada. Las sociedades humanas se asientan en un
medio cultural y tecnológicamente muy complejo que es constitutivo de las formas de vida de los
miembros de esas sociedades, pero es tan constitutivo, tan “natural”, como pueda serlo la sabana
para el león o la selva para el chimpancé, sin olvidar que la sabana y la selva incluyen relaciones de
competencia y colaboración inter e intraespecíficas sin las cuales ni leones ni chimpancés existen
como sujetos.
Las funciones psicológicas se hallan al servicio de esas formas de vida, y no al servicio
de un “mundo en sí”. Por eso las teorías mediacionales hacen bien al subrayar que el sujeto no es
algo así como una esencia enfrentada a un mundo exterior de objetos preexistentes, sino que -en un
sentido muy preciso ligado a su propia constitución como diferente de otros sujetos y de los objetosel
sujeto está en el objeto y viceversa
Las tecnologías del yo (y de los otros)
Históricamente, las tecnologías psicológicas no se dan, desde luego, en un vacío teórico. Su uso
viene justificado por ciertas ideas acerca del alma, la dignidad, el sufrimiento, la sociedad, la religión,
la ética, etc. Son ideas que encierran ciertas concepciones del sujeto más o menos implícitas, y en
ese sentido constituyen recortes del sujeto previos a la formulación del concepto moderno de sujeto
por parte de Kant (Fernández Rodríguez, 1995)12. En todo caso, antes del siglo XVI las concepciones
psicológicas dependen de un contexto teológico, y el “sujeto” prototípico era Dios en tanto que
creador. Con el humanismo renacentista la definición del sujeto va trasladándose hacia el ser humano
como constructor del mundo. Después de Kant y la eclosión del darwinismo y el ateísmo, esa idea de
construcción adquiere fuerza y el sujeto prototípico comienza a ser un sujeto orgánico, natural.
Foucault (1990) ha denominado así a las técnicas de autocontrol helenísticas y cristianas, decisivas
en la historia del “cuidado de sí”, complemento indisociable del conocimiento de sí mismo sobre el
que suele hacer hincapié la historiografía intelectualista cuando aborda la filosofía clásica. Las
tecnologías del yo que trata Foucault son la mnemotecnia (ligada al examen de conciencia), la
“escritura de sí” (cuadernos de notas y correspondencia privada14; ver Foucault, 1989), la ascesis
(dominio del yo a través de la meditación y la práctica) y, dentro ya del cristianismo primitivo, la
exomologesis (revelación pública dramatizada del yo) y la exagouresis (verbalización de los
pensamientos ante un superior), antecedentes inmediatos de la confesión, que conoce su edad
dorada entre los siglos XIII y XVIII (Delumeau, 1992; Le Goff, 1983). Estas técnicas incluyen
procedimientos de autoevaluación y autoinforme, de exposición imaginaria y en vivo a situaciones
problemáticas, de escucha activa, de uso del lenguaje no verbal o de discusión cognitiva (Loredo,
2005). Por otra parte, Gurevich (1997, cap. 5) analiza el género literario de las autobiografías, que
eclosionó en los siglos XII y XIII, como forma de confesion pública por escrito que, pese a su
obsesión por revelar la autenticidad de quien narra su vida, se acoge a estereotipos y lugares
comunes que sirven como estrategia retórica para justificar apologéticamente esa vida.
Por eso es tan importante llevar investigaciones cuantitativas een la psicología, así se desarrollan herramientas confiables, buen articulo.
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